Hu Xian es un imperio moribundo. El emperador Hu Xian Takeru, último heredero de la noble dinastía no es un valeroso Tigre que nos defenderá de los oni sino un gato que engorda entre los cojines de su palacio hasta no ser capaz de encontrar sus garras, entorpecido por su oronda figura. La Ciudad Prohibida ya no es un lugar de preparación y adiestramiento sino de opulencia, depravación y libertinaje.
Lin Lang se corrompe en el abandono, el hedonismo y como una fulana pagada de si misma se vanagloria de su desfachatez, de su propia y lujuriosa desvergüenza. La joya del Imperio ha perdido su lustre y está cubierta de podredumbre. En sus calles puede comprarse amor, muerte y cualquier deseo con las suficientes monedas. Los nobles acomodados compiten entre sí por ver quien realiza la más extravagante demostración de opulencia, enfrentan a sus escuelas de lucha entre sí para humillar a su rival o ganar su dinero, no hay honor en sus dojos, no hay respeto a los rivales. Han arrojado al fango la tarea de prepararnos contra el regreso de los peligrosos demonios y ahora se burlan de quienes predican el regreso de los señores oni.El discurso del anciano maestro no había caido en saco roto. Predicaba en una populosa calle cercana al mercado de sedas entre los edificios de dos plantas con tejados inclinados. Aún quedaban algunos meses para la época de lluvias y el cielo lucía despejado, el sol no golpeaba con demasiad fuerza y un viento agradablemente fresco agitaba las copas de los cerezos, el árbol imperial que se encontraba por toda la ciudad. Aunque hacía semanas que florecieron los pétalos rosados aún era arrastrados de un lado a otro por la brisa dando a la ciudad un aspecto de lugar de fantasía, donde cualquier cosa era posible. Y en muchos aspectos era así... Lin Lang podía ofrecer cualquier cosa a sus visitantes o habitantes, y en muchos casos eso incluía cosas que nadie decente debería siquiera pensar. La gigantesca ciudad albergaba millones de almas entre sus calles, las más amplias y luminosas o las más oscuras y recónditas, y bajo el olor dulce de los cerezos se podía encontrar el repugnante aroma de la depravación humana.
Una docena de soldados se abría paso por entre los comerciantes y compradores sin miramientos, pues quien no se apartaba por su propio pie ante la visión de las brillantes armaduras segmentadas, las lanzas y las espadas de la Guardia de Jade lo hacía ante los golpes de estos, que no rompían siquiera su formación cuando esto sucedía. El pasillo que la gente abría con presteza a los implacables soldados respondía no solo a su fiereza, sino que a que en la ciudad del emperador su guardia personal dictaba ley y la sentencia sin atender a jueces o magistrados. Su presencia en aquella parte de la ciudad solo podía significar que alguien iba a ser ajusticiado y no era dificil descubrir como todas las miradas se dirigían ahora al anciano que desde su improvisado púlpito de cajas desechadas arengaba contra la desidia y pereza del emperador, contra sus exquisitas fiestas donde ofrecía todos los placeres conocidos a sus nobles y allegados y lanzaba admonitorios gritos sobre los señores oni de la antigüedad.
La columna de soldados se detuvo ante el anciano mientras que la multitud se retiraba, previendo una cruenta ejecución mientras el capitán desplegaba un pergamino con sus manos enguantadas en metal. El sello imperial era claramente visible en tinta roja en la parte superior del papel, una zarpa de tigre que nadie en su sano juicio pretendería falsificar.
-Sun Ze, maestro del la Palma de Opalo -leyó el oficial con voz atronadora-
por tus crímenes de alta traición, insultos al imperio y al emperador, herejía y sublevación el propio emperador Takeru, último descendiente de la gloriosa dinastía Hu Xian, Tigre de Lin Lang y máximo representante de la autoridad de los Cielos en la Tierra se te condena a muerte siendo responsabilidad de la Guardia de Jade ejecutarla de inmediato en tu contra.El oficial tras leer la sentencia de muerte giró el pergamino y alargó en brazo con una velocidad que hizo chasquear el cuero de su armadura bajo las placas de metal. Mientras mostraba la sentencia al condenado sus doce hombres, al unísono como si una sola mente guiase sus actos se desplegaron alrededor de su capitán, aprestando las lanzas en un semicirculo espinado que no dejaba lugar de huida al viejo maestro.
-¿Tienes algo que alegar en tu defensa antes de que se ejecute tu justo castigo? -exigió saber el soldado con voz ronca.
El rostro del anciano no delataba preocupación ni el menor temor. Sus manos cruzadas a su espalda no se habían movido mientras todo aquello sucedía a su alrededor.
-Matarme no acallará la verdad. Mi muerte clamará la vergüenza que ha caído sobre el imperio mucho mejor de lo que mis palabras nunca podrán hacerlo. Adelante, capitán Lu, cumplid vuestras ordenes.-Hacéis honor a vuestra reputación -asintió Lu con dificultad, las palabras se habían atragantado en su garganta ante la certeza del Sun Ze de que la verdad estaba de su lado a pesar de alzar su voz contra un ser celestial-
. Mi nombre es Lu Wen, discípulo de las Ocho Hojas de Hielo, será tan indoloro como me sea posible. -aseguró sorprendiendose de admirar a aquel hombre que debía ejecutar.
El capitán desenvainó su espada ante la complacencia del afamado maestro de mano vacía con un silbido del metal al rozar la vaina engrasada. Los ruidos del mercado se habían ido atenuando y ahora todo el lugar contenía en aliento mientras los pétalos de cerezo flotaban entre el viejo maestro y los soldados ajenos al drama de aquella escena. La delgada hoja emitió un suave fulgor azulado mientras el oficial se ponía en guardia y la alzaba sobre su cabeza. El golpe, cegador como un rayo, buscó el cuello del anciano que lo esperaba con la mirada alta, desafiante y segundo pero el metal encontró metal y las chispas blancas y doradas arrancaron un grito de asombro a la multitud que hasta entonces había contenido cualquier sonido.
Una gruesa cadena de negros eslabones había detenido el golpe del sorprendido Lu, su punta estaba rematada por una gruesa cuchilla de borde serrado que había anclado la misma al suelo, ante los pies del ejecutor. Lu dio un sorprendido paso atrás y la mirada de todos ascendió por la cadena hasta encontrar en el tejado de la casa a espaldas del maestro condenado a una joven con el otro extremo de la cadena enrollado alrededor de su brazo. Con un gesto casual arrojó una segunda cuchilla que se clavó pesadamente entre las tejas y dando un paso al frente se lanzó al vacío. Sus pies tocaron la cadena con ligereza y se deslizó por esta con las rodillas dobladas y apenas rozando la cadena con los dedos de cada mano, una delante y otra detrás de ella. En cuanto tocó tierra un brusco giro de su muñeca hizo saltar los anclajes de su peculiar arma que se estrelló a su alrededor, levantando una fuerte polvareda ante el golpe de los pesados eslabones.
La joven llevaba un parche en su ojo izquierdo, adornado con una cabeza de tigre. Sus brazos estaban enguantados hasta el codo, rematados por pesadas protecciones de metal y vestía un ceñido corpiño de cuero violeta y pieles de zorro en el abultado escote. La falda, compuesta de diversas capas de encajes fruncidos alternaba el blanco, el negro y el violeta, sin cubrir sus rodillas por el alto vuelo del vestido; mientras que las botas de cuero hasta la pantorrilla estaban rematadas al igual que el corsé por piel de zorro. Su pelo corto estaba rematado y sujeto por largas cintas de color violeta que caían casi hasta el suelo.
-Shin Mei Ryomu, Maestra del Látigo de Acero y la Serpiente de Tierra. ¿Cuantos estáis dispuestos a morir aquí hoy?Los soldados de Jade se agacharon en posición de caballo, en una guardia firme con las lanzas adelantas mientras emitían un sonoro grito kiai, de nuevo como un solo hombre. Ryomu se llevó el índice con gesto coqueto a sus brillantes labios.
-Tanta viril valentía... que excitante. -dijo con un tono que era un sensual gemido, logrando que algunos de los hombres se mirasen entre sí, avergonzados y sorprendidos.
De una patada alzo la cuchilla frente a ella, y con un solo movimiento de su brazo hizo girar la cadena, enrollándose alrededor de su brazo y su torso, sujetó la cuchilla con la otra mano y asentó sus pies sobre la tierra, deslizando la punta del pie izquierdo en un arco que, a su paso, deshizo la nube de polvo frente a ella con su energía interior.
-¡No, Tigre de Nan, no debes luchar con ellos! -exclamo el maestro Sun Ze-
Si hacemos eso desequilibraremos el imperio, se fragmentará en una guerra civil... ¡debemos devolver la cordura al Emperador, no destruir el sistema!Pero la Guardia de Jade ya golpeaban como un solo hombre buscando ensartar a la general de nan, el Tigre renegado que había cerrado sus fronteras a las tropas imperiales y que ahora osaba presentarse en la capital a desafiar la autoridad de los Cielos. Las astas de flexible madera se entrecruzaron en una maraña imposible de esquivar, las doce armas habrían atravesado a la mujer... si esta no se encontrase a varios metros de altura, sus piernas recogidas revelaban los secretos bajo su falda arrancando suspiros entre los hombres por sus níveos muslos, y en su caida sus pies encontraron apoyó en las lanzas de sus enemigos. Girando sobre si misma la cadena alrededor de su cuerpo salió disparada por la inercia alcanzando a cinco de ellos que salieron despedidos contra la multitud por la fuerza del impacto antes de que un fuerte tirón de la cadena hiciese retroceder la cuchilla y lanzase el extremo opuesto contra los restantes.
Lu golpeó las lanzas de sus hombres desequilibrando a la joven y su espada recogió la cadena, trabándose así ambas armas mientras la general tuerta caia girando sobre si misma unos metros por detrás del maestro Sun Ze y tiraba con fuerza de la cadena negra con ambas manos, pugnando por recuperar o puede que desarmar al oficial que la retenía con dificultad.
Una campana comenzó a resonar en la distancia. Las tropas de Lin Lang acudían a la ayuda de la Guardia de Jade.


Me encantaron estas figuras, sin duda ese será el aspecto de Ryomu con su armadura de general.